Coquí

 
 

No hay sonido más característico de las noches de nuestra tierra que el cantar del coquí. Esa melodiosa y típica voz es emitida por dos especies: E. coqui en toda la isla y E. portoricensis en las montañas. Los herpetólogos pueden distinguir el co-quí de ambas, pero para casi todos los demás boricuas la canción es una misma sucesión de dos notas. En Puerto Rico habitan otras quince especies de coquíes, cada una con su canto particular, todos emitidos por el macho para expresar territorialidad y llamar a la hembra. Una peculiaridad de los coquíes es que, a diferencia de otras ranas y sapos, no necesitan agua para reproducirse; todo el desarrollo embrionario sucede dentro del huevo, del cual emerge un coquí en miniatura.


El mayor mito sobre el coquí es que muere lejos de su tierra. Es creencia errónea porque E. coqui vive en las Islas Vírgenes, en partes del sur de los Estados Unidos, en la República Dominicana y en Hawái. En el último lugar se ha reproducido con tal éxito que en algunos lugares su densidad poblacional es más alta que en El Yunque. Su canto ensordecedor ha bajado el valor de las propiedades y el apetito de tantos coquíes amenaza poblaciones de insectos nativos. Las autoridades y los residentes de Hawái han usado varias medidas de control, incluyendo agua caliente para quemarlos, ácido cítrico y cafeína para envenenarlos y cal para deshidratarlos. También los hechan en agua con jabón o los congelan. Aquí no hacemos esas cosas.  Por el contrario, tristes son nuestras noches sin un solo co-quí.

Prefiero retratar a los animales en ambientes naturales, pero hice una excepción por el delicado contraste que creaba el fondo del lavamanos donde encontré a este coquí. Iba a lavarme los dientes e inmediatamente cambié el cepillo por una cámara. Nikon D90, 105 mm macro, ISO 100,  1/200 s, f/40, flash anular.

Eleutherodactylus coqui