Huevos mágicos

 
 

La mayoría de los anfibios, tomemos como ejemplo al sapo común, ponen en el agua masas de huevos rodeados de gelatina. Poco después nacen pequeños renacuajos que viven como pececillos; comen, crecen y más tarde experimentan una metamorfosis durante la cual desaparecen las branquias para dar origen a los pulmones y se reabsorben las patas y el rabo. Gradualmente el organismo se transforma de un animal acuático a uno terrestre. Esta estrategia funciona bien siempre y cuando las hembras logren encontrar agua donde poner sus huevos y donde puedan desarrollarse los renacuajos.


El coquí hembra deposita unos 28 huevos en un lugar oculto y húmedo, por ejemplo entre dos hojas en el suelo. Puestos los huevos, la hembra se aleja y el macho se encarga de cuidarlos. Pero no se trata solamente de protegerlos contra algún depredador, sino de posarse sobre ellos y transferirles agua de su cuerpo para que se “inflen” (se hidraten) hasta alcanzar de dos a cuatro veces su masa original. Éste es el tamaño necesario para que en el interior de los mismos suceda todo el desarrollo que en otras ranas transcurre en el agua. Unas tres semanas después nacen los coquíes pequeños, con pulmones y sin rabo, listos para crecer hasta alcanzar el tamaño de sus padres. Son huevos mágicos porque permiten que los coquíes se alejen de los cuerpos de agua para explorar y colonizar nuevos hábitats.

Estos huevos de coquí fueron encontrados por  mi amigo Donato Seguí debajo de una hoja de palma en el Bosque de Rio Abajo, Utuado. La camada era velada por el padre, que inmediatamente huyó a esconderse. Nikon D90, 105 mm macro, ISO 200,  1/200 s, f/22, flash anular.

Eleutherodactylus coqui