Nuestra cotorra

 
 

Cuando a esta tierra llegó Colón, la iguaca (como le llamaban los taínos) era muy común y abundaba en toda la isla, desde las costas hasta las montañas. Su población, estimada en más de un millón de ejemplares, comenzó a disminuir, lentamente al principio, rápidamente después, según fuimos talando los bosques para hacerle espacio a la caña de azúcar, al café y a otros cultivos. La cacería y la captura para el mercado de mascotas también perjudicaron a la población. Gradualmente nuestra cotorra fue retrocediendo, sus gritos dejaron de escucharse y quedó acorralada en los lugares más inaccesibles de El Yunque. Para el 1975 la población había disminuido a tan sólo diecisiete individuos.


Hoy sobrevive gracias a la dedicación de un grupo de biólogos que por décadas han puesto su conocimiento y empeño en evitar que la iguaca se una a la larga lista de especies extinguidas por el hombre. Los esfuerzos pioneros se realizaron en El Yunque, cerca de su último refugio. Aunque fueron exitosos, más exitosos han sido los realizados en el aviario del Departamento de Recursos Naturales y Ambientales en Utuado. El sistema de crianza y adiestramiento diseñado por este grupo de biólogos puertorriqueños ha sido premiado con el establecimiento de una segunda población silvestre. El intercambio regular de ejemplares entre El Yunque y Río Abajo intenta mantener la diversidad genética y la salud de ambas poblaciones.

Tomé esta fotografía en el Vivero José Luis Vivaldi del Bosque de Río Abajo. Tener de frente a una de las aves más amenazadas fue motivo de intensa emoción. Pude observar varias volando felices entre la vegetación, una  muestra de cómo nuestra cotorra se recupera y vuelve a volar libre por nuestro cielo . Nikon D90, 150-500 mm (500 mm), ISO 400,  1/125 s, f/8, luz natural.

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