Un genio fugaz
 
 

En el antiguo cementerio de Aguadilla duerme Rafael Arroyo Gely. Sobre la tumba descansa su cuerpo, esculpido por un amigo, el aguadillano Alberto Vadi. La lápida lee “Me acosté a descansar tranquilamente arrullado por el mar eternamente”. Rafael nació en Yabucoa en el 1913 y murió en Guayama en el 1935. De niño fue estudiante ejemplar, ganador de medallas por logros académicos en diversas disciplinas. De adulto fue ingeniero civil, profesión que sólo pudo ejercer por dos meses. De adolescente se convirtió en un acuarelista de primer orden, arte que aprendió y dominó por cuenta propia. Fue uno de esos genios que brillan por muy poco tiempo, pero con tal intensidad que su luz llega muy lejos. Concha Meléndez escribió lo siguiente en el 1937: En la vida tan breve, ¿cómo pudo hacer suyas la moderna visión del espacio, las sombras complementarias de su colorismo tropical?  ¿Cómo adquirió además la melodía lineal, la sencillez sabia y difícil, la originalidad de interpretación? La obra de Arroyo Gely pertenece a todos los puertorriqueños capaces de admirarla. Frente al mar de Aguadilla hay un genio fugaz, que arrullado por el mar descansa eternamente.